Me dijo
que se llamaba Graciela, como casi todas las putas, y que se sentía muy sola
por las noches. Me habló de algunos versos de Sabina, de que le gustaba
emborracharse de vez en cuando escuchando jazz. Me contó que se sentía una
profesional en el perdido oficio de musa, que los artistas ya no necesitaban
mujeres como ella porque vendían su arte y no sus sentimientos. Estuvo durante
toda la noche transmitiéndome pensamientos y yo, embobado, incapaz de
detenerme, me enamoré de ella. Fue así de simple.
He
intentado en varias ocasiones describirla, sentado delante de esa puta que es
la hoja en blanco, pero Graciela era de un aspecto tan cambiante que ya ni me acuerdo
cómo tenía el pelo la noche mágica en la que la conocí. Por supuesto que
follamos aquella noche. Me la presentó Juan en el Gandalf un jueves como todos,
lleno de cervezas y porros, guitarras y música de móviles, un jueves de esos de
verano de camisetas y pantalones cortos. Uno de esos jueves en los que te
levantas ignorando que vayas a enamorarte. Me perdí entre la niebla y la
ebriedad, y Juan nos dijo que tenía que irse, que el verano estaba acabando y
aún no había empezado a estudiar su examen de fundamentos de no sé qué que
debía recuperar si no quería que se le cayeran las pelotas. Y de pronto, nos
quedamos ella y yo solos y empezó a hablarme de todo eso, de Sabina y jazz y de
amores perdidos, y yo, mientras tanto, solo podía mirarle las piernas y como
gesticulaba con los brazos, y me perdía en las ondulaciones de su pelo
preguntándome si en ese mar podría
bañarme alguna vez. Nos fuimos a beber whisky al piso que compartía con su
prima y yo ya no sé si fue ella la que me besó o fui yo el que sacó el valor
suficiente como para aceptar la tarea de que fuera mi musa.
Empezó
a pasar el tiempo y yo, sin saber nada de ella, me sentía cada vez más capaz de
acercarme a las páginas en blanco del ordenador y luchar por extraer algunas
palabras con una forma o un sentido dignos de su sexo, aunque no salieran
nunca. Necesitaba una pequeña dosis de ella. Una más. Le empecé a hablar de
ella a Juan con indirectas, aunque estaba seguro de que él sabía más de lo que
decía, como siempre. Me explicaba que no la conocía tan bien, que no tenía su
número, y yo, desesperado, me iba a dar paseos eternos por las calles que me
guiaron hasta el piso compartido con su prima, intentando encontrarme con sus
piernas y su nariz y hacerme el sorprendido, como si no hubiera vuelto a pensar
en ella desde que salí de ese portal y me encendí un cigarro, aún medio
borracho y caminando hacia mi rutina de siempre, embobado y perdido en
pensamientos olvidados.
Ya hace
mucho que desistí de encontrarla de nuevo, y ya no me pierdo en paseos por
calles que desconozco, ni miro esperanzado cada jueves la puerta del Gandalf
esperando ver su rostro o su pelo, ni confundo a todas las chicas en multitudes
con ella.
Ya no,
pero aún sí.
2 comentarios:
Oye soy de zaragoza, se que tienes un blog de 2009 aprox creo, visitabas sitios abandonados o al menos la escuela de miralbueno, que creo que la han tirado ya abajo... la cosa es si te sabes mas sitios, si aun vives en zaragoza y si quieres venir con un grupo a sitios abandonados
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