No sé muy bien si hago esto con el fin de autodestruirme a mí mismo o con el fin de aclarar unos recuerdos que debería haberse borrado con el paso de los años. Es curioso que ninguno de los tres hayamos sobrevivido dignamente a nuestro abandono. ¿Cómo estará Matilde? ¿Estará también derrotada, o en cambio será feliz? Siempre se me dio bien la soledad y la autocompasión, decirme que se puede estar mejor, pero que esto, y nada más que esto es lo que te ha tocado por haber amado tanto a una mujer.
Me encantaría volver a vernos juntos. A los tres, ver sonrisas, contarnos cómo nos ha ido este tiempo, por qué ahora Ángel toca acabado su trompeta en el parque, por qué Ariadna sigue con mil hombres. Sueño con tocar su timbre y al abrir la puerta. ver mi cara reflejada en sus ojos, darle una vainilla, y besarla, irnos directamente a su cuarto, y terminar con el mundo.
Pero los cartones no aíslan del frío en Huesca, ni aunque sea en abril. Contarles cómo he llegado hasta aquí. Con mi cuaderno, un vaso aíslante del frío y unas sandalias rotas, durmiendo en cartones con 28 años. Volver a ser derrotado.
Cuando Ariadna me destrozó, Ángel me abandonó por el whisky y yo le abandoné a él por la sobriedad, vi la necesidad de huir. Necesitaba otra ciudad, un sitio donde empezar. Donde no recordar cada cara y donde no hubiera esquinas donde nos habíamos besado.
Elegí Madrid, no por ninguna preferencia. Podía haber elegido Barcelona, Bilbao, Córdoba o Plasencia. Pero el dedo, cayó sobre Madrid. Monté en el autobús con una sonrisa decidido a dejar atrás todo mi pasado, a elegir mi nueva vida, a ser alguien. Viví unos meses en una pensión cerca de Gran Vía, nada barata para el incómodo colchón en el que dormía y la triste cantidad de comida que ponían en el plato. Con 22 años piensas que te puedes comer el mundo incluso sin dinero y trabajo. Conseguí tirar unos meses de ahorros, pero pronto tuve que buscar trabajo. Toqué el piano en unos cuantos clubes por la calle Princesa, pero hasta que no encontré el Lisboa no me quedé en ninguno. El Lisboa era un local pequeño y que siempre estaba lleno. Los clientes que acudían decían que tenían a las mejores chicas trabajando allí, y no a precios demasiado escandalosos. Pagaban bien.
Fue allí donde conocí a Marta. Trabajaba de jueves a martes (domingos incluídos)y los miércoles descansaba en su apartamento en Carabanchel.
Aunque no era una preciosidad, era guapa. Tenia un cuerpo maravilloso y con su cintura encandilaba cualquier mirada masculina. Ni mucho menos alcanzaba el nivel de Ariadna. Tomábamos café todos los días en un bar cerca del Lisboa llamado Mercredi, por alguna ironía del destino. Le conté trozos de mi historia, le hablé de Ariadna, de Ángel, de mi piano, viejo y marchito, vendido en Huesca para conseguir un sueño en Madrid. No se si se enamoró de mi o hice que se enamorara de mi, ni siquiera se si estaba eanamorada de mí, por mucho que lo repitiera constantemente.Me acabé mudando a su pequeño apartamento y yendo al trabajo con ella. Me ahorré todo lo que me costaba la pensión y con ese dinero hicimos una pequeña boda en el juzgado a la que vinieron el encargado del Lisboa y sus compañeras.
Después de la boda, se puede decir que fuimos felices, por eso mismo no creo que yo lo fuera. Follábamos todo lo que podíamos íbamos de paseo, hacíamos la compra juntos y veíamos la tele abrazados. Eramos una pareja perfecta. Una puta y un pianista. Dejé de beber, dejé de fumar. Dejé de vivir la vida como la había vivido, como sólo sabía vivirla.
Marta se hartó de que la vistiera con una capa de Ariadna, siempre presente, siempre su olor en el pensamiento. Discutíamos por todo y en cualquier momento, se creó una inestabilidad.
Y le dije lo del divorcio. Ella rompió a llorar, me dijo que nunca le había amado como ella a mí, y no se lo negué. Me dijo todo lo que se había guardado hasta explotar. Y al día siguiente, un paso en falso en el metro arrolló su vida.
Lloré, pegué puñetazos en las paredes, cabezazos en la cama donde días antes habíamos echado el último polvo. En esos lloros, encendí el horno y sin recordarlo me quedé dormido. Cuando desperté, la cocina estaba ardiendo y nada era salvable. Desde la calle, vi mi casa arder, mientras un caos a mi alrededor de sirenas, ambulancias y gente intentaban llevarme a algun lado a descansar.
El seguro no quiso pagarme porque argumentaron que había sido provocado. En cuestión de horas, estaba sólo, sin casa, sin nada. No volví al Lisboa porque por alguna razón pensé que si todo esto había ocurrido era porque algo quería que cambiara.
Y la ironía hizo que eligiera Huesca.
6 años después, todo seguía igual en esta ciudad. No tenía dinero, no tenía mi casa, ni encontré a mis amigos. no pude pagarme ´ni una noche una habitación. Me tumbé en el parque y lloré. La gente me echó monedas, yo, sin orgullo, las acepté. Me compré un cuaderno y un bolígrafo. Conseguí un buen sitio en el parque. Ahora escribo pequeñas poesías y estas cosas en el coso. Y recuerdo lo que creo que nunca fueron tiempos mejores, y me alegra saber que ellos siguen ahí, no mejor que yo, y me alegra saber que ninguno conseguimos adaptarnos al cambio, a la evolución, que Ángel sigue tocando la trompeta, que Ariadna sigue vendiéndose, que yo sigo aquí, contando todo, guardándo en la memoria algunas cosas, olvidando otras.
1 comentario:
que nunca se acabe esta avaricia entre tú y yo
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